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Artículo redactado por Carlos García Puente, arquitecto fundador y paisajista en LIQUIDAMBAR.

Les confieso que redacto este Post desde mi terraza confinado. Y sé que la mayoría de los españoles residen en pisos en ciudades. Y muchos no cuentan en su vivienda con ningún espacio exterior soleado.

Por situarnos. La terraza es un espacio exterior en un apartamento en el centro de la ciudad de un arquitecto paisajista muy ajetreado con su trabajo que cada mañana salía temprano y volvía de noche. Mi terraza. Y aunque el espacio tenía un encanto innegable, y una orientación envidiable al mediodía, casi nunca la pisaba y esto la convertía en una terraza un poco triste y descuidada.

Luego sobrevino la catástrofe del confinamiento en el que estamos.

Pero recapitulemos. Al principio del confinamiento, a mediados de marzo, irrumpió la primavera con un tiempo hermoso, muy húmedo pero soleado, muy suave de temperatura, y empecé a pasar cada vez más horas en la terraza.

Si llovía me refugiaba dentro en la casa y contemplaba el verde intenso de los brotes de las plantas que despertaban del invierno. Si a la mañana el sol brillaba y calentaba, entre videoconferencia y teletrabajo en el salón, aprovechaba para tomar un desayuno en la mesa de la terraza. Luego almorzar, tomar el sol, y hacer los ejercicios gimnásticos necesarios para sobrellevar tan poca actividad. La pequeña mesa de exterior y las sillas se iban convenientemente desplazando a medida que la tarde avanzaba, buscando el calor del sol en la primavera temprana muy fresca, pasando de una posición central, a una esquina que recogía la última luz vibrando entre los tejadillos y las antenas. Esa energía del sol tan necesaria para nuestra vida.

Luego empezó una semana dura, la paralización casi total, pero aún así ejercimos en nuestro estudio Liquidambar la tarea de llevar algunas macetas de flor de temporada que se arruinaban sin vender en lo viveros, a alguno de los ancianos que estaban sufriendo en las residencias a las que llevamos los mantenimientos y otras. Esto fue una iniciativa de mi socia Isabel que me hizo estar orgulloso de todo mi equipo y sobre todo de ella.

Este hecho indirectamente produjo que visitara nuestros viveros habituales en pleno confinamiento de vez en cuando y al final iban apareciendo por mi terraza macetas nuevas primero para transplantar y que algunas de las plantas más asfixiadas respirasen.

También llegaron plantas nuevas con sus correspondientes sustratos y contenedores. Muchas plantas que venían a cubrir necesidades básicas de un hombre confinado, deduje.

Afortunadamente mi terraza ya poseía unas buenas plantas carnosas y cactus y variedades de ágaves y Aloe vera que es beneficioso para la cara y el pelo y que de ninguna manera lo es tanto como recién cortado.

Dos meses largos de confinamiento nos ha llevado a tener que cocinarnos el alimento diariamente. Necesario me pareció traer y ubicar convenientemente orégano, romero, tomillo, menta, y muchas otras hierbas culinarias.

Además, la necesidad de embellecer el Jardín atento a necesidades tan dispares como tapar vistas, idoneidad de su orientación solar, provocar contrastes de color y texturas y aromas sobre todo tras el riego, y esas innumerables percepciones placenteras que la naturaleza nos regala.

Han pasado meses y el sol abrasa, por lo que he dispuesto la lona que instalo habitualmente para disfrutar con cierto placer los días de verano fuera. Las noches de por si son sublimes al exterior en los meses de calor.

Ahora mismo mientras finalizo este texto recostado en mi butaca de afuera, rodeado de plantas, contemplo algunas macetas nuevas. He pasado la tarde trasplantando unos Agapanthus que compré hoy. Siempre nos enamora la flor del momento…

… y he reparado en la calma y sosiego que provoca trabajar en tu propio jardín y disfrutar de la riqueza de situaciones y matices que cada día te regala.

El jardín es una máquina del tiempo. Pero no de la que tenéis en la cabeza…  pues no nos avanza ni nos retrasa, sino que lo condensa y suspende. El tiempo pasa de otra manera.

Las ciudades están inusitadamente limpias. Sin gases nocivos. Brillantes y relucientes tras toda el agua que trajeron las borrascas encadenadas de abril. Sin nada de contaminación parece que la fauna ha recuperado su lugar. Trinos de pájaros de diversos timbres se alternan en cortejos primaverales. Muy arriba bandadas compactas de imponentes aves migratorias atraviesan el cielo azul sin aviones. La calle está vacía y silenciosa, solo se escuchan los polluelos de mi cornisa mientras una araña que está laboriosamente tejiendo en mi arce púrpura, se asoma a un rayo de sol que emerge de entre hojas. La brisa que transporta un suave olor a tierra y menta. Un instante detenido. ¿Pasó una hora o dos?

Mi atención plena a la belleza de un inmenso momento presente que es lo único que en realidad somos y tenemos me hace preguntarme … ¿volveremos a ser los mismos después de esto?

Tenemos ya la certeza que hay muchas posibles catástrofes que nos pueden relegar a casa en el futuro. Hemos visto que lo improbable puede acabar ocurriendo. Pero nadie sino nosotros mismos haremos posible rodearnos de verde en los hogares de nuestras ciudades, en sus azoteas comunes o privadas, en los patios de manzana… junto a nosotros en nuestro día a día.  Y exigir a los políticos su parte de hacer una ciudad más vivible, verde y sin contaminación. Pero debemos empezar por nosotros mismos.

Da el paso y empieza a buscar ese lugar luminoso afuera donde puedas traer el verde en tu comunidad o tu casa y tu lugar de trabajo. Cuida de él porque te devolverá cada minuto invertido con creces.

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