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Artículo redactado por Jaime Méndez Co-Fundador y Socio Director en THE MOVE.

No imagino proponerme clasificar para Tokio dosmilcuandotoque en solo un par de semanas, y es lo que hemos hecho. En solo días, hemos pasado de estar a la cola de Europa a ser pioneros mundiales del trabajo remoto, sin formación, sin entrenamiento previo ni estar preparados, pero ¿a qué coste?. La curva de aprendizaje ha sido terrible, multiplicando las horas online para atender a la vez y en el mismo lugar la call de trabajo, la clase virtual de los niños, preparar la comida, y estar atentos al telediario, saber cómo avanza la situación, la salud y la economía en España, en Europa y en el mundo.

Photo by Andy Beales on Unsplash

Estamos estresados, si, a pesar de la aparente calma lo estamos, solo el 34% de las personas que lo están haciendo dice que volvería a teletrabajar[1] cuando esto acabe, el 66% de los que están trabajando en casa quiere volver corriendo a su oficina. Algunos lo están pasando tan mal, que por primera vez habrá tanta gente con ganas de ir a la oficina como a los bares. 

No nos engañemos, esto no es teletrabajo ni se le parece. Hay que tener mucho cuidado con las conclusiones que sacamos, si lo hacemos hoy, lo más seguro es que partamos de premisas equivocadas.

Para lo que sí ha servido esta situación es para convencer a los gerentes, antes eran los más escépticos, pero han visto con sus propios ojos el ahorro de costes (alquileres, servicios, comedores, etc…) y han entendido finalmente que la productividad no va atada al presentismo (habrá que ver cómo evoluciona todo cuando la novedad pase y la fatiga haga efecto). La realidad ha convencido (a la fuerza) a los que toman las decisiones, de que pueden ahorrar mucho sin que los resultados se vean afectados de forma importante, y este, sin duda, será el principal factor para que el trabajo flexible se implante definitivamente en el futuro.

Y cuando ese 66% queramos volver corriendo a la oficina, mientras las organizaciones están planteando seriamente que quieren mantenernos en casa, ¿para que volveremos? ¿qué pasará en esas nuevas oficinas?.

Las mamparas, el distanciamiento social y la disminución de los contactos serán evidentes, tanto que aburren, pero ¿qué podremos decir de unas oficinas en las que la regla general es tratarnos los unos a los otros como riesgos, y las reuniones se realicen a través de un cristal cómo en una prisión de máxima seguridad?

Los estudios, tanto en los EE.UU como en Reino Unido muestran cierta unanimidad. Las dos cosas que más se echan en falta de la oficina tradicional son la colaboración cara a cara y la socialización con los compañeros. Somos seres sociales, animales de manada, y no volveremos a la oficina porque queremos sentarnos delante de un ordenador; volveremos para estar con otros, así que caminar solo en una dirección por el pasillo mirando la espalda de mis compañeros no parece la mejor solución.

Querremos volver por dos razones fundamentales, porque nuestras casas, tal como son ahora no son un buen lugar para trabajar, y porque en nuestras oficinas tenemos una vida social que nos satisface mucho más que el aislamiento.

Si queremos que el futuro del trabajo flexible sea exitoso, ahora que hemos convencido a los gerentes de que es rentable, debemos trabajar en estos dos contextos el hogar y la oficina, y en los hilos que los unen, que son las políticas sobre cómo nos comportaremos y las herramientas que usaremos.

Debemos garantizar que el hogar sea un lugar adecuado para trabajar, seguro, confortable y desde el que podamos refugiarnos a la vez que conectarnos. ¿Cómo serán nuestras casas, nuestros edificios e incluso el entorno urbano ahora que pasaremos más tiempo en ellos? ¿cuanto del ahorro de costes son en realidad gastos transferidos al trabajador? ¿hablaremos más con nuestros vecinos?¿compraremos más en el barrio?. Pero también tendremos que entender las diferencias de trabajar desde  allí, en un entorno doméstico donde el gato puede venir a visitarnos durante una call y no pasa nada, donde un niño puede estar presente mientras trabajamos, porque sino la conciliación tendría poco sentido.

Convertiremos nuestras oficinas en un lugar seguro que inspire confianza, al tiempo que satisfaga nuestras necesidades sociales, en el que inventemos nuevas formas de abrazarnos, podamos colaborar con los otros y que brinde el contexto para que pensemos, colaboremos, compartamos juntos, en dirección al propósito de la empresa. Pasaremos menos tiempo en la oficina, habrá que aprovecharlo al máximo. Serán oficinas difusas, con menos densidad, más distribuidas, focos de comunidad y del espíritu colectivo de la marca; pero a la vez comprometidas con el ahorro, la optimización y todos los ajustes que vienen.

Tenemos que crear nuevas reglas, trabajar desde cualquier lugar no puede ser lo mismo que estar concentrados en la sede. La flexibilidad horaria, de ubicación y el trabajo por objetivos exigen que pensemos mucho más en cómo hacemos nuestro trabajo. Suena muy fácil cuando los gurús dicen aquello de “trabajar por objetivos”, pero definir que entrega cada quién, en qué plazo, con que nivel de calidad, y en otras muchas condiciones va a ser un trabajo descomunal para algunos, acostumbrados a que lo único que tienen que medir es la hora de entrada y salida de los suyos. Difuminar los límites entre el trabajo y el resto de mi vida parece genial para conciliar, pero debemos escribir las reglas para diferenciar trabajo flexible de elástico, no puede expandirse infinitamente a todos los rincones de la vida. El gran reto será definir las nuevas formas de hacer las cosas.

Photo by freestocks on Unsplash

Asombrosamente, las herramientas y la tecnología ha sido la menor de las barreras en esta transformación. Menos del 30% de las personas se ha quejado de que encuentra dificultades técnicas para teletrabajar. Pero en el futuro deben servir para más, no solo para producir sino para suplir de verdad las carencias de la distancia.

Vienen días inciertos y probablemente complicados, habrá que ajustar costes, y  el trabajo flexible es nuestra mejor oportunidad tanto para salir adelante como para mitigar los efectos si se repite una nueva crisis como esta. Pero tenemos que esforzarnos mucho para hacerlo bien, pensar antes de actuar, porque lo contrario puede moverse entre lo inútil y lo peligroso. Y sobre todo, no caer en los errores de las crisis del pasado, centrarnos en las personas para conseguir una solución con la que todos salgamos fortalecidos.

 

Jaime Mendez Quintero. https://www.linkedin.com/in/jaimemendezquintero/

Co-Fundador y Socio Director en THE MOVE. https://www.themove.es/

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